PROHIBIDO SUICIDARSE

 

El cartel apareció una tarde: PROHIBIDO SUICIDARSE.


Lo puso Samantha, con su humor seco, como quien cuelga un aviso absurdo en un espacio que apenas empieza a existir. Fue la primera señal de que ese cuarto —recién alquilado, improvisado, sin pretensiones— iba a convertirse en algo más que un arriendo. Era un gesto que mezclaba cuidado y provocación, y marcó la entrada a una pequeña historia generacional.

El cuarto nació después de una conversación simple: una noche, luego de pasar horas en el Zoociedad, calculamos cuánto dinero dejábamos ahí. Era suficiente para pagar un espacio propio. Yo propuse alquilar un cuarto; las demás aceptaron sin mucha ceremonia. Nadie imaginó que iba a durar tan poco, ni que terminaría con policías en la puerta, pero así eran esos años: las cosas se encendían rápido y se apagaban igual.

Con el tiempo, la puerta comenzó a abrirse para más y más gente. Un día apareció una guitarra, otro día un colchón, después objetos que ninguna recordaba haber llevado. La circulación era constante. Yo no detuve nada: si habíamos pedido un espacio libre, tenía que sostenerse como tal. La coherencia, en esos años, pesaba más que la prudencia.

La dueña de la casa no compartía esa ética. Una tarde se escandalizó por lo que estábamos haciendo, y llamó a la policía. Nos sacaron del cuartito como si hubiéramos montado una célula subversiva, cuando apenas habíamos creado nuestro pequeño refugio sin jerarquías. Fue ridículo, pero lo ridículo era parte del paisaje.

El cuartito, conviene aclararlo, era sostenido por ocho mujeres artistas que, una noche de tragos decidió que era hora de tener su propio lugar.  Ese detalle define la atmósfera: un espacio libre, autogestionado, femenino, colectivo y lleno de vida, con todo lo que eso implica. El cuarto era literalmente una habitación con doble suelo alquilado barato donde entraba lo justo y necesario, pero simbólicamente cargaba con todo lo que éramos en ese momento.

Y alrededor de ese cuarto gravitaban dos polos contraculturales que definieron a toda una generación.

Por un lado estaba el Loco de la Terraza, siempre rodeado de gente y conversación. Sus casas —siempre con terraza— eran puntos de encuentro donde se mezclaban la música, la camaradería y una ideología flexible de izquierda. Representaba la comunidad, la apertura, la utopía doméstica. Hoy el loco se ha vuelto mito.

Por otro lado estaba Pablo Emilio, también músico, pero más hermético. Su grupo tenía otro ritmo, otra densidad, otro código. Más inaccesible, pero igual de libre. Un lugar donde nada se prohibía, menos pensar.

Entre esos dos mundos, nuestro cuarto alquilado era un tercer territorio: sin glamour, sin símbolo, sin horizonte más allá del día siguiente. Pero revelador. Era la práctica cotidiana de la libertad tal como la entendíamos: no un manifiesto, sino un lugar donde no se pedían permisos, donde se hablaba de ideas, donde la vida se organizaba desde  la intensidad del momento.

Mientras eso pasaba, Cuenca también cambiaba, no era todavía la ciudad consolidada que hoy conocemos. Habían calles de tierra, mirlos, silencio, y olor a llano. Poco a poco las pampas desaparecían para convertirse en casas y condominios. Esa transformación temprana nos enseñó que el paisaje muta sin pedir permiso, igual que nosotros. Tal vez por eso la libertad nos importaba tanto: sabíamos que nada era permanente.

Hoy, mientras la ciudad enfrenta procesos de gentrificación acelerada y oleadas de nuevos habitantes, el cuarto cobra otro sentido. La evidencia mínima. El gesto pequeño de una generación que encontró sus caminos desde ser comunidad. 

No fuimos excepcionales.
Ni inventamos algo nuevo y maravilloso
No rompimos el mundo.

Fuimos una generación más, con su propio pequeño desborde.
Y esta es su historia: concreta, absurda, sincera. Siempre fuimos poéticos y en eso hay ya una gran conquista. 

Si hay que cerrarlo por  hoy,  que sea con la misma claridad y humor con que empezó todo, una notita de aviso en la pared:

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